Probablemente vivamos una época generalizada por el odio,donde se normaliza el insulto de forma natural y contínua .
Acudir a un estadio o cualquier instalación deportiva e insultar tanto a colegiados como a jugadores o técnicos. Menospreciar su labor y poner en entredicho tu profesionalidad. Se protege y aplaude al energúmeno, se copia e imita y a veces se le imita y copia.
Se menosprecia al docente, donde todo fracaso escolar del alumnado es su responsabilidad. Tutorías y más tutorías con el propósito de culpabilizar de los malos hábitos y calificaciones deficientes, al profesorado.
Políticos enfrentados por liderar sin importar lo que realmente importa a la ciudadanía. Imposible llegar a consenso o a acuerdos cuando el único fin es el poder sin importar nada más.
Ningún insulto o falta de respeto debe dar ventaja ni puede reemplazar a la concordia y el saber estar.
«Buenos días, gracias, disculpa, le deseo tenga un buen día, Don , Doña, Cómo está usted, agradecido», palabras en desuso.
Detrás de cada insulto hay una carencia, las personas educadas deben marcar la diferencia. No estaría de mal juzgarnos, evaluarnos y aunque cometamos errores, aprender.
Por supuesto el insulto es una agresión.
Es posible que cuando no hablamos bien a los demás, tampoco lo hagamos con nosotros mismos, tengamos un mal concepto y una baja autoestima.
Llenarnos de sentido crítico y de humildad probablemente sea el camino correcto para ser mejores personas.
No es suficiente pedir a los demás, si no nos escuchamos y censuramos nuestras actitudes.
No nos hagamos insoportables o esto no lo soporta nadie.
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